Retablo de San Valero
Jaume Mateu
Pintura al temple sobre madera 412 x 289,5 cm; ca 1437. Procedente de la capilla
de San Valero del claustro de la catedral de Segorbe. Parroquia
de la Purisima Concepción de la Vall de Almonacid (Castellón)
Retablo que recoge diferentes pasajes de la vida de San Valero obispo y de
sus diácono San Vicente presidido por la figura de San Valero con vestiduras
e insignias episcopales, «completado» con la presencia en uno de
los compartimentos de los santos Abdón y Senén, perdido en los
años 1936-1939, junto con el que representaba la Deportación de
San Valero y San Vicente. Corononan el retablo en la calle central el Calvario
y sobre él la figura de Cristo bendiciendo. En las calles laterales el
arcángel San Gabriel y la Virgen Anunciada, situados, como el Cristo
bendiciendo en capillitas sobre los «campers» o fondos de los remates
de las calles. En la predela, el Cristo Varón de Dolores en el centro
y la Virgen Dolorosa y San Juan Evangelista a los lados, junto con ocho figuras
de santos y santas sentados portando los atributos que los identifican. En el
guardapolvo figuras de profetas y de ángeles con escudos, seguramente
del fundador del beneficio de San Valero y del donante del retablo.
Cabe señalar que aun existiendo en el claustro de la catedral de Segorbe
una capilla con beneficios de los santos Abdón y Senén desde la
segunda década del siglo xv, que condicionó posteriortnente la
presencia de ambos santos en el retablo, éste solo es explicable a partir
de la fundación de un beneficio por parte del señor de Benafer,
Valero Medina, en 1436. Las palabras de Aguilar son muy concretas «A 4
de octubre de 1436 don Valero Medina señor de Benafer fundó el
beneficio de San Valero en su capilla del claustro con dotación de 400
sueldos y obligación de celebrar una doble el dia del Santo, aniversario
al dia siguiente, cuatro misas semanales y tener un lámpara continua
y dos en las fiestas».
El retablo vino a continuación y debió permanecer en su capilla
del claustro hasta bien entrado el siglo XIX, cuando la iglesia de la Vall de
Almonacid, terminada el 8 de noviembre de 1689, fue incendiada por primera vez
el 10 de diciembre de 1839 en la primera guerra carlista y por segunda vez en
1870 durante la tercera guerra carlista. En uno de estos años, ante la
falta de retablos y ornamentos en la iglesia de dicha población el capítulo
de la catedral de Segorbe se debió deprender del retablo de San Valero.
En el contexto de la historiografia de la pintura gótica valenciana el
retablo de San Valero ocupa un lugar destacado, más aun después
de haberse perdido el retablo de la Virgen, Santa Águeda y San Martín
de Jérica y la predela del monasterio de El Puig, con figuras de santos
muy similares o idénticas a los de la predela del retablo de San Valero.
A partir de ellos se ha hilvanado la historia, leyenda y anacronismos, de una
parte importante de la pintura valenciana, pasando estas obras que pertenecen
a los años 1430-1440, aproximadamente, a una cronología entre
1374 y 1406 con Llorenç Saragossà como protagonista, sin tener
en consideración que no es posible hacer cuadrar a golpe de letra de
molde el documento de 1394 sobre un retablo de Jérica, con las advocaciones
de la Virgen y Santa Águeda, por parte de Llorenç; Saragossá
y el retablo mencionado de la Virgen, Santa Águeda y San Martín.
Por si fueran pocos los argumentos para contrarestar los anacronismos que se
han derivado, una anotación de Vayo, relativa al año 1427, confirma
que solamente a partir de este año «y no antes, se halla nombrado
el dicho santo (San Martín) en dicha compañía y no antes
asociado con Nuestra Señora y Santa Águeda, como por actos publicos
he visto; y el primer acto que he visto y leydo en que van en uno la madre de
Dios y Santa Agueda y San Martín es uno que recibió Gonzalvo de
Mora, notario, en el año 1427».
No se conoce el contrato del retablo de San Valero, pero a finales de la década
de 1430 Jaume Mateu ya había recorrido más de treinta años
de actividad compartida con un notable taller del que salieron numerosos encargos,
de los que el de 1430 para la iglesia de Cortes pone luz sobre la cuestión
ya que de este retablo se conserva la escena de la Natividad. En él se
puede comprender el camino recorrido desde 1410-1420, con el mantenimiento y
fidelidad a unas pautas propias de la primera década del siglo XV en
tipologías, composiciones y técnica de ejecución, con variantes
e invariantes respecto de otras obras no documentadas pero que se le pueden
atribuir, en una actuación paralela a la de Gonçal Peris quien,
en cronología próxima al de San Valero, realizó el de San
Juan Bautista para la família Ocón en la iglesia de Santa Catalina
de Ródenas, posiblemente después de las reformas de 1431.
Precisamente el retablo de San Valero y de manera especial su tabla central
supone un reencuentro entre Jaume Mateu y Gonçal Peris o por lo menos
una recuperación de un modelo del segundo por parte de Jaume Mateu: en
el fondo de la imagen de San Valero todavía está presente la impresionante
figura de San Clemente de Gonçal Peris de 1412. De realización
mucho más dura e incisiva, en sentido literal como si se tratara de un
grabado, la figura de San Valero, no obstante, recoge todavía el porte
majestuoso aunque no altivo del santo Papa, con una modelación cromática
y delicadeza evocadora de tiempos pasados más que presentes en la obra
del pintor ca. 1440, que ya se hace eco, de manera muy particular, de algunas
novedades flamencas que abren la puerta al posterior retablo de San Jerónimo.
Las tipologías, aunque un poco transformadas, todavía mantienen
las características de sus primeras obras, sobre todo en los personajes
más jóvenes como San Vicente. También en el Calvario están
presentes algunas soluciones de 1400 como el grupo de las Marías y San
Juan, descendiente del mismo grupo en el retablo de la Santa Cruz. No obstante,
existe algo en este retablo que transparenta, veladamente, alguno de los cambios
inmediatos en la pintura valenciana de la mano de Jacomart y de Joan Reixach.
Este último pintor en 1438, estaba en relación con Gonçal
Peris y García Peris, como tasador de un trabajo de Lluis Dalmau. A su
vez en 1443 Jaume Mateu por parte real y Joan Reixach por parte de la población
de Burjassot fueron los encargados de tasar el retablo de San Miguel que Jacomart
había dejado inacabado por su víaje a Nápoles reclamado
por el rey.
Todas estas relaciones entre pintores de distintas generaciones a finales de
la década de 1430 y principios de la siguiente son la prueba documental
de algo que manifiesta la pintura contemporánea en un momento de cambio
y al que Jaume Mateu como Gonçal Peris solamente rinden culto desde la
transformación puntual o incorporaciones superficiales puesto que se
manteiene fieles a las pautas de 1400-1410.
Antoni José i Pitarch, en:
LA LUZ DE LAS IMÁGENES, página 304
Generalitat Valenciana, 2001.
Bibliografía
AGUlLAR (1889), 1, P 185 SARALEGUI (1936); TOMAS LAGUÍA (1964), pp 106¬107;
LLORENS RAGA (1973), 1, P 219; PÉREZ (1997), P 43 VAYO-GÓMEZ (1986)
pp 449-450